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| A veces, el peso de lo que sabemos es lo único que nos impide volar hacia lo que realmente somos. |
Existe una tragedia silenciosa que ocurre todos los días frente a una pantalla, en una oficina o en una charla de café. Es la tragedia de la persona que siente, en lo más profundo de su ser, que tiene un fuego único para entregar al mundo, pero que decide apagarlo para no quemarse las manos.
En lugar de saltar al vacío de su potencial, decide refugiarse en lo que ya domina. Reduce su propósito a una descripción de cargo. Cambia su genialidad por su currículum.
La zona de seguridad es un techo, no un refugio
Muchos de nosotros caminamos con una sensación de "urgencia creativa", un susurro que nos dice que hay algo más. Pero, en el momento de actuar, el miedo aparece y nos hace un trato de Faustino:
"No te arriesgues a ser un incomprendido. Mejor muéstrales lo mucho que sabes. Quédate en lo técnico, en lo medible, en lo que ya te dio éxito ayer".
Y así, la persona que vino a revolucionar la forma en que nos comunicamos, termina limitándose a ser un "experto en marketing". La persona que vino a sanar estructuras humanas, se reduce a ser un "gestor de recursos humanos".
¿Por qué nos empequeñecemos?
Reducir nuestra esencia a nuestro conocimiento es una táctica de supervivencia.
- Lo que sé me da autoridad.
- Lo que soy me hace vulnerable.
Si hablo desde lo que sé, puedo citar libros, mostrar títulos y protegerme tras la lógica. Pero si intento entregar eso "único" que aún no tiene nombre, corro el riesgo de ser juzgado/a, de parecer una loca o, peor aún, de fracasar siendo yo mismo/a.
El riesgo de morir siendo un experto
El problema de este refugio es que tiene fecha de caducidad. El conocimiento se vuelve obsoleto; la esencia, no.
Cuando reducimos nuestra entrega a lo que sabemos por miedo a ir más allá, le estamos robando al mundo una medicina que solo nosotros tenemos. El mundo no necesita más expertos replicando fórmulas; necesita más seres humanos atreviéndose a ser el puente entre lo que saben y lo que intuyen.
Hoy te invito a que dejes de lado tus certificaciones por un momento y te preguntes con honestidad:
¿Estás usando lo que sabes para potenciar quién eres, o para esconderte de lo que podrías llegar a ser?
Ir más allá de lo aprendido es aterrador porque implica perder el control. Pero es precisamente ahí, donde terminan tus certezas, donde comienza tu verdadera entrega.

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