La intuición pasa por el cuerpo. Si no atraviesa la carne, los órganos y la piel, no es intuición, es solo ruido mental. Cuando te desconectas de lo que sientes, la intuición pierde su profundidad; se queda en un concepto abstracto, una idea que flota sin raíz.
Tu sistema nervioso es la antena. No es algo que vive solo en tu cabeza; es una red eléctrica que llega a cada milímetro de tu ser, rastreando el entorno antes de que tu lógica pueda articular una sola palabra. Pero si esa antena está atrofiada o bloqueada por la tensión, la señal se pierde. El problema es la contracción. Vivimos tan apretados, tan a la defensiva, que el cuerpo se vuelve un bloque rígido. Esa contracción es tan violenta que no permite que el sistema nervioso reaccione ante la verdad.
En esa rigidez, te escondes de ti misma, de ti mismo. Te vuelves una versión domesticada que no se permite ser vista realmente, porque ser visto implica estar expuesto, y estar expuesto requiere una apertura que tu contracción no tolera.
Aquí entra la capacidad de aguante: la intensidad. La intuición no es un susurro cómodo; a menudo es un impacto volcánico. Si no eres capaz de tolerar la intensidad de lo que sientes (ya sea el éxtasis de una certeza o el terror de una advertencia), le cierras la puerta a la verdad. Si huyes de lo que quema o de lo que duele, estás filtrando la realidad. La intuición más cruda exige un cuerpo que no se rompa ante el voltaje de su propio sentir. Sin esa capacidad de sostener la intensidad, la antena se apaga para no quemarse, y tú te quedas a oscuras, atrapado en la superficie de lo racional.
Es necesario comprender que la intuición no es magia, es energía pura. Es una corriente que circula o se estanca. No puedes elegir qué partes de ti conectar y cuáles no; no puedes fragmentarte. Todo es uno, y ese uno es todos. Si intentas amputar una emoción o un dolor para no sentirlo, estás cortando el cable de la antena. Para que la intuición actúe en su forma más salvaje y real, tienes que aceptar la unidad de tu sistema: el cuerpo, la señal y el impacto de estar vivo.
Sin el cuerpo como caja de resonancia, estás sordo a tu propio saber. Para que la intuición actúe, primero hay que dejar de resistir el impacto de lo que el cuerpo ya sabe, dejar de esconderse tras la máscara de lo que "debería ser" y aprender a sostener el fuego de esa señal sin encogerte.

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